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RELATO CORTO La mujer del molinero fue despertada por el inoportuno trueno. Asombrada, descubrió que su marido no se encontraba a su lado. Corrió al comedor y, aferrando una rama del fuego, la acercó a la esfera del reloj. Apenas hacia una hora que se habían acostado.
Ahogada por la intriga un día lo siguió. Asombrada, lo vio entrar en el molino y cargar algunos sacos de harina en el carro de reparto. Seguramente los había molido a escondidas, cuando la invitaba a irse a casa un poco antes que él una vez terminada la jornada. Pronto sacó sus conclusiones: el muy ruin, avaro por naturaleza, seguro que pensaba canjear los sacos en el burdel por algún que otro favor. La miseria azotaba el feudo, a causa de la pasada peste, y las prostitutas aceptarían el alimento como caído del cielo. ¡Maldito mil veces! Ya lo había visto antes mirar de reojo hacia aquella casa de indecencia camino de la panadería. Así, la mujer continuó siguiéndolo todas las noches, una tras otra, para sorprenderlo en plena acción, mas la sorpresa fue suya: el primer saco lo dejó en casa de la viuda, una desgraciada mujer de pellejos colgantes, envejecida antes de tiempo por el desgaste de criar a cuatro hijos. ¿Se acostaría con ella? El molinero iba dejando los sacos en las puertas de las familias más miserables y hambrientas del feudo, para volver al hogar con el carro vacío. Mientras lo guardaba en el molino, la torpe espía corrió a su casa y se acostó... A los pocos minutos, llegó el marido con el sigilo de siempre. Se desvistió y se echó en la cama. Con el tiempo, se comenzó a escuchar por el feudo una extraña leyenda sobre un duende nocturno que robaba la harina del molino repartiéndola entre los más necesitados. El duende castigaba de esta forma la conocida avaricia del molinero, que jamás se apiadó de nadie. Ningún aldeano lo pudo ver nunca, pues el que lo viera perdería sus gracias y favores. Así vivió aquella familia con sus secretos y misterios. Ella jamás le preguntó a él a dónde se marchaba todas las noches... Él tampoco se atrevió a averiguar la razón por la que al volver le esperaban en la mesa bollos recién hechos acompañados de un gran tazón de leche.
Jesús Cano |
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