Actividades
Didácticas Profesor. Nivel Superior.
10.
CUENTISTAS
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Objetivo:
Completar un cuento.
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Destrezas:
Comprensión y expresión escrita.
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Forma
de trabajo: Parejas y plenaria.
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Material:
Fragmentos de cuentos.
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Preparación:
Fotocopiar y recortar los fragmentos.
Procedimiento
1.
Escriba en la pizarra la palabra "CUENTO" y pregunte
a sus estudiantes qué les sugiere.
2.
Dé a cada estudiante un fragmento de la hoja de trabajo que
se presenta a continuación y pídales que lo lean. Tras
la lectura pregúnteles si este texto responde a su idea de
cuento y a lo que habían dicho en el primer punto.
3.
Explique que los textos que ha repartido son el principio y el final
de diferentes cuentos de Mario Benedetti y que tienen que buscar al
compañero que tenga la parte correspondiente que se pueda relacionar
con su fragmento.
Una vez formadas las parejas, pídales que completen el cuento
a su manera.
4.
Cuando todas las parejas hayan finalizado, organice una sesión
para que todos puedan leer sus cuentos al resto de la clase.
| La
guerra y la paz
Cuando
abrí la puerta del estudio, vi las ventanas abiertas como
siempre y la máquina de escribir destapada y sin embargo
pregunté: «¿Qué pasa?» Mi padre
tenía un aire autoritario que no era el de mis exámenes
perdidos. Mi madre era asaltada por espasmos de cólera que
la convertían en una cosa inútil. Me acerqué
a la biblioteca y me arrojé en el sillón verde.
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| Sólo
quedaban números, cuentas en el aire, órdenes a dar.
Ambos se incorporaron, agotados de veras, casi sonrientes. Ahora los
veía de cuerpo entero. Ellos también me vieron, hecho
una cosa muerta en el sillón. Entonces admitieron mi olvidada
presencia y murmuró mi padre, sin mayor entusiasmo: «Ah,
también queda éste. » Pero yo estaba inmóvil.
ajeno, sin deseo, como los otros bienes gananciales». |
Esa
Boca
Su entusiasmo por el circo se venía arrastrando desde tiempo
atrás. Dos meses, quizá. Pero cuando siete años
son toda la vida y aún se ve el mundo de los mayores como una
muchedumbre a través de un vidrio esmerilado, entonces dos
meses representan un largo, insondable proceso. Sus hermanos mayores
habían ido dos o tres veces e imitaban minuciosamente las graciosas
desgracias de los payasos y las contorsiones y equilibrios de los
forzudos.
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Le
pasó despacio, como si no lo creyera, una mano por los ojos,
y después le preguntó si estaba llorando. Él
no dijo nada. «¿Es por los trapecistas? ¿Tenías
ganas de verlos?»
Ya era demasiado. A él no le interesaban los trapecistas. Sólo
para destruir el malentendido, explicó que lloraba porque los
payasos no le hacían reír.
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Corazonada
Apreté dos veces el timbre y en seguida supe que me iba a quedar.
Heredé de mi padre, que en paz descanse, estas corazonadas.
La puerta tenía un gran barrote de bronce y pensé que
iba a ser bravo sacarle lustre. Después abrieron y me atendió
la ex, la que se iba.
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| Creo
que prefirió el segundo y para humillarme me trató de
usted. «¿Qué tal, cómo le va?» Entonces
tuve una corazonada y agarrándome fuerte del paraguas de nailon,
le contesté tranquila: «Yo bien, ¿y usted, mamá?
» |
Se
acabó la rabia
Aunque la pierna del hombre apenas se movía, Fido, debajo de
la mesa, apreciaba grandemente esa caricia en los alrededores del
hocico. Esto era casi tan agradable como recoger pedacitos de carne
asada directamente de las manos del amo. Hacía ya dos años
que, en contra de su vocación y de su contextura (patas gruesas
y firmes, cogote robusto, orejas afiladas), Fido se había convertido
en un perro de apartamento, condición que parecía avenirse
mejor con los cuzcos afeminados, histéricos y meones, que desprestigiaban
el segundo piso.
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| El
hombre levantó la cabeza y vio aquel rabo movedizo, aquel cargoso
que venía a compadecerlo, aquel testigo. Todavía Fido
jadeó satisfecho, mostrando la lengua húmeda y oscura.
Después se acabó. Era viejo, era fiel, era confiado.
Tres pobres razones que le impidieron asombrarse cuando el puntapié
le reventó el hocico. |
Hoy
y la alegría
Poco importaba que no fuera domingo ni primavera. Igual me sentía
dispuesto a que algo extraordinario me purificase. En realidad, son
pocos los días en que uno puede sentirse anticipadamente alegre,
alegre sin ruedas de café ni cantos nauseabundos a la madrugada,
ni esa pegajosa, inconsciente tontería que#0066FF antes y después
nos parece imposible; alegre de veras, es decir, casi triste.
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| Y
usted cerrará la puerta y entonces seré yo el inexistente.
Porque no saldré nunca, nunca, nunca, aunque el tiempo se harte
de correr y yo descanse en el sillón adusto o contemple a mis
anchas el perfecto Renoir o tome en mis manos el irrisorio pescador
de marfil y tras de contemplarlo durante cuatro siglos, lo deposite
con cuidado, casi con ternura, sobre el desguarnecido estante de ébano. |

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